Omisiones, asimilaciones y reacciones
No cuajó en la hispanista Santiago una poesía épica indoamericana (“Maquijata”, del profesor Domingo Bravo, en cierta manera celebra la Conquista), heroica o acaso testimonial inspirada en los principales sucesos históricos de la cuna de la nacionalidad; tampoco se registra (ni siquiera después de Mayo) expresión folklórica musicalizada que amoneste la absolutista Colonia, ni más tarde -es cierto- una que desde el integrismo castizo resintiera la pérdida de preponderancia de la sociedad “nacional” ante la intromisión de la mesturada inmigración de fines del siglo XIX, mayoritariamente árabe en Santiago. Y como esa poesía no existe, tampoco se la ha podido musicalizar...(*)
Alfonso Nassif apuntó en su “Antología...” que “Santiago empíeza a hablar poéticamente recién en el siglo XX”, y aclara que “tampoco hemos tenido representantes en la poesía gauchesca (**) , solamente las coplas, el cancionero anónimo y algunos nombres con escasa producción, que son los que cubrieron parte del siglo pasado (XIX) como vertiente poética”. Tal vez en Santiago importe menos la diferenciación, ya que la mayoría de los poetas posmodernos naturalmente han sido compositores de letras folklóricas, a veces sin pretenderlo.
Santiago, más que sujetar, es tierra que absorbe, metaboliza e incorpora. Esa impronta asimiladora no quita que haya habido desplazados o puestos en evidencia que, más allá de una pétrea defensa de características de convivencia instaladas -a veces en desmedro de vastos sectores sumergidos- repugnaron injerencias movilizadoras promoviendo un status quo de posiciones, prerrogativas y dominancia social. En el excluyente “Déjennos ser como somos” queda comprendido el “no vengan a revolvernos el agua” Agua estancada, agua servida... (***)
(*) En la “Madre Patria” el argentino Alberto Cortez , Paco Ibañez, Raimón y Joan Manuel Serrat musicalizaron la obra de sustantivos poetas españoles. Además, el catalán nos hizo caer en cuenta que “Se equivocó la paloma” es autoría de nuestro Carlos Guastavino. Aunque, viniendo del Nano, cueste asimilar tanto realismo, sostiene: “Jamás pensé, ni en los momentos de mayor euforia y optimismo, que desde el arte se podía cambiar el mundo. Con guitarras y flautas no se soluciona nada. Consuelo, sí, solución, no...”
(**) No comparte Alfonso Nassif la opinión sobre que por aquí no hubo gauchos, sino criollos de a caballo y paisanos de a pie.
(***) Al respecto, el contemporáneo Dr. Mariano Juan Paz es autor de un inamistoso opúsculo titulado “Evitar el asentamiento de advenedizos”. Menos mal que no pensaron así los que acogieron a los santiagueños diseminados en todo el resto del país y adoptaron buena parte de su folklore. Hermaaanos desterrados por fuerza de la corruptela y/o inoperancia de clases dirigentes que, mientras se repartían los más sabrosos bocados y se aferraban a los cargos mejor retribuidos, no supieron o no quisieron desarrollar integralmente a una Provincia con extraordinarios recursos naturales y humanos.
Buenos Aires: el Paris de los santiagueños
La férula dominante le concedió al folklore nativo, en su indiscutida cuna, status de pasatiempo compartido y válvula de escape a la coacción ejercida sobre la base social a fuerza de absolutismo político y religioso. La “clase decente” tardó bastante en reconocer al género como arte y admitirlo en los salones. En Santiago la sociedad prominente de principios de siglo XX cobijaba y disfrutaba una élite de compositores e intérpretes de música de cámara y sinfónica, y una melómana audiencia de preferencias clásicas. El teatro 25 de Mayo, con cámara de agua subterránea y anfiteatro levadizo, fue construído bajo parámetros sinfónicos. De ahí la resistencia a que rústicos mestizos del interior -a quienes no les era fácil proveerse de una guitarra o un violín y preferían la disponible caja indiana- descargaran sus “silvestres instintos” entonando dolidas vidalas y machacando el tablado del escenario mayor con botas de cuero crudo y boleadoras de tiento...Y así como el tango debió triunfar en París (*) para que la alta sociedad porteña lo aceptase, el Santiago seudocastizo y pacato sometió al folklore criollo a la aprobación de Buenos Aires (cíclicamente y con engolada provincianía, doctos efectores capitalinos que diariamente ignoran o avasallan el interior provincial se declaran ignorados o avasallados por el Puerto, donde concurren a mendigar, con viáticos pagos, soluciones ajenas para problemas propios).
(*) El padre de Atahualpa se permitía tocar la guitarra los sábados por la tarde. Héctor Roberto Chavero fue hijo de una vasca y de un Tata santiagueño nacido en Loreto, descendiente de un Tata Mayor (abuelo, lector de La Ilíada), a su vez descendiente de un vasco ebanista (Tata Señor, bisabuelo) cuyos ancestros, Xabero, bajaron del alto Perú a la provincia mediterránea de los Esteros. Más de un siglo después a Santiago vendría Yupanqui -nacido en la pampa húmeda (Pergamino) del horizonte permanente, los estilos, los aires y las milongas camperas- a aprender a tocar bien la chacarera con los hermanos Díaz. Actualmente en Santiago vive un nieto suyo, Juan Manuel Ballesteros Valdez (Técnico Paleontólogo y Museólogo), vástago de una hija tucumana (Quena del Valle Valdez, hija de Lía Valdez y de Atahualpa Chavero, que así firmaba por los años cuarenta ) a la que no le dio el apellido. Por mérito y no por casualidad, Ballesteros Valdez es el director del Museo Emilio y Duncan Wagner de Santiago y de la Casa Museo “Atahualpa Yupanqui” de Cerro Colorado (Córdoba). Los que acusan a Yupanqui de preferir París a su patria, deberían considerar estos sinceros versos : “No hay pago como mi pago / viva el Cerro Colorado”.
Hasta los peronizados cincuenta, en que unos cuantos santiagueños audaces acentuaron la movida folklórica norteña en Buenos Aires (*) -liderada por los salteños- ser compositor y cantor popular seguía siendo cosa de vagos y mal entretenidos. La inclinación musical no alcanzaba para sostener dignamente una familia, y había que trabajar de algo. Carlos Carabajal (**) lo hacía en un frigorífico y Carlos Saavedra, compañero de ruta, se desempeñaba en oficios varios, y así otros. Traspasado aquel inicial éxito de la compañía de don Andrés Chazarreta en la calle Corrientes, bastante tiempo después los Cantores de Salavina serían parte de una acometida que logró reconocimiento y sostén económico. Un fatal accidente segó la vida de sus principales integrantes..
(*) Continuando la pionera tarea de los Abalos y de Martinez Ledesma, por 1952/53 un santiagueño instaló, en Esmeralda 1040, la que tal vez fue la mejor peña folklórica en Buenos Aires, “Achalay Huasi”: don Fráncisco Cárdenas, tío del autor de “Zambita del Musiquero”, Juan Carlos Chazarreta, que allí actuaba junto a Mario Arnedo Gallo. De éste magnífico compositor tan identificado con Salavina, bastión del folklore santiagueño, lamentablemente no se conservan grabaciones ( Arnedo nunca grabó en ningún sello discográfico), con excepción de alguna cinta casera que estaría en poder del Gringo Bravo de Zamora.
(**) El quinto hijo de María Luisa Paz y de Francisco Carabajal (portadores de genes mapuches), autor de más de ciento veinte composiciones de las cuales al menos cien son chacareras, integró diversos conjuntos, comenzando por “Los changos bandeños” y “Santiago Manta”, con Juan José Piñón, Mario Navarro y Juan Carlos Soria Paz; “El Chañarcito”, dirigido por Marcos Thames: “Hugo Díaz y sus changos”; “Los Kary Huaynas”, dirigidos por Oscar Segundo Carrizo; “Los Manseros Santiagueños”, etc. El prolífico Carlos , dueño de un rasguido muy particular, por lo regular engendra a sus hijas chacareras en la cama, ya que se inspira y compone acostado. En cuanto al mote de «padre de la chacarera» que algunos le impusieron, hay quienes no opinan así: Remigio Díaz Carrizo, escritor y compositor santiagueño residente en Buenos Aires, sostiene que el genuino Padre de la Chacarera ha sido Julio Argentino Jerez. Carrizo es autor de logradas letras musicalizadas por Alfredo Santillán, Ariel Ramirez, Alberto Campos, Leocadio Torres, Próspero Vega y Remigio Pachilla, que han sido interpretadas por Los Santillán, Los Tobas, Los Sin Nombre, Los Chalchaleros y Las Voces de Orán, entre otros conjuntos. El hacedor de “Canto y leyenda de mi pueblo” (tres ricas versiones que suman cuentos, versos y canciones) resiente que los Carabajal no tengan en cuenta su repertorio, siendo que a ellos les gusta que los demás santiagueños interpreten el de ellos.
Mecenazgos
Moisés Guzmán, nacido en Fernández y empleado de la Aduana de Buenos Aires, fue de los que hicieron menos azarosa la incorporación de los artistas santiagueños a la gran urbe. En 1954 fundó el Instituto Folklórico Argentino, sito en Laprida 1750 (pleno Barrio Norte). Don Moisés fue un amigable mecenas para comprovincianos flolkloristas y bailarines (él lo era, y muy ducho) que llegaban a probar suerte con los bolsillos flacos. Integrantes de los Jilgueros Santiagueños, de los Manseros, Orejita Díaz y Julio Rodríguez Ledesma, fueron de los tantos beneficiarios de su proverbial don de gentes. Entre otras obras de bien, bancó de su bolsillo la primera grabación en disco de pasta de don José Gómez Basualdo.
Rodríguez Ledesma recuerda especialmente el apoyo de quién también le abriera puertas en Buenos Aires a Carlos Carabajal (lo hizo grabar por vez primera), Vitillo Abalos. Memora el Gaucho Fogata: “El me sacaba en su Fitito primero y en su Dodge después y me llevaba a cuanto acontecimento cultural santiagueño se diera, en Berisso, La Plata, etc. Quiso ser mi padrino artístico; me negué porque Carlos Sanchez Gramajo me había apadrinado en Santiago y creía obligado seguir como ahijado de él aún después de muerto. Vitillo me trató com un hijo dilecto. Tanto él como don Froilán Guzman se brindaron generosamente, mi deuda con ellos es eterna”.
Eduardo Marcos -temporalmente alejado del canto- admite que no era fàcil grabar folklore en los sesenta, aún aprovechando la pasajera “decadencia” del tango, por tanto valora sobremanera la tarea de los pioneros que abrieron huella. En el otro extremo se encuentra la situación actual, en la que “cualquiera” hace un demo y sale a difundirlo en la multiplicidad de FMs a disposición. Marcos, que vivió su apogeo en los setenta y ochenta y prefiere la belleza de la poesía sencilla y auténticamente representativa, nunca enchufó sus instrumentos (“con mejores equipos de sonido, ¿para qué hace falta ahora?”, pregunta), y considera desapegadas de las raíces a las “bandas folklóricas” de la actualidad. Rechaza las palmas y aplausos a pedido del animador, aseverando: “Cuando me presento prefiero un silencio respetuoso antes que un aplauso obligado”.
Preferencias y abstracciones
En la hora del 450 aniversario de Santiago, hispanófobos residuales insistieron con un monumento más, ahora en loor del avieso «encomendero de minas» Nuñez del Prado, que ya tiene una avenida. La gigantesca estatua del cesáreo, sanguíneo y anticlerical vasco Aguirre emplazada en el parque ribereño que lleva su nombre, no les alcanza para subrayar la “hidalga hispanidad” de los enfrentados cofundadores (*). Concomitantemente, y con el objeto de realzar una inextinguible devoción doctoral a la “Madre Patria” (esa envanecida y racista España comunitaria que hoy rechaza a su peonada africana y a los “sudacas” hijos de América), desde la presidencia de la Cámara de Diputados de la Provincia (2002) el abogado Darío Augusto Moreno (tempranamente jubilado por invalidez, vicegobernador títere renunciado en 2003) alentó un proyecto de ley que declaraba a la ciudad de Santiago “Capital de la Raza”, donde tendrían lugar anualmente, cada 12 de Octubre, los festejos nacionales de tan “augusta” e hispanista pertenencia (“Y mis ojos puneños / tan indios que no entienden / cada 12 de octubre / que festeja la gente”, Rubén Patagonia).
Y si la entidad real de los hechos ha sido relativizada y retaceada desde arriba y el inauditable Vaticano todavía no expone a la luz pública sus mezquinados “Archivos de Indias”, desde los referentes de la cultura popular y los círculos eruditos tampoco ha habido demasiado empeño por desandar un sinuoso camino que, jalonado de santificaciones y alumbrado por cebosos candelabros, oculta sombreados pozos de negación: “Y paso las madrugadas / buscando un rayo de luz / por qué la noche es tan larga / guitarra dímelo tú” (“Guitarra dímelo tú”, A.Yupanqui)
En ésta encrucijada bimilenaria, y desde un lugar menos mediocratizado que las partidocracias y algunos circunspectos foros doctorales, debe advertírsele al paisano abstraído de su envergadura -que todavía no ha alcanzado el status cívico de ciudadano entero- (**) que en la República edificada a partir del trabajoso proceso de independencia (de España y de posteriores imperialismos acechantes y actuantes) no es servidor del mandatario sino su mandante. De otro modo, y en línea con las agnósticas disquisiciones borgianas, por aquí “los últimos serán (seguirán siendo) los últimos”. (***)
(*) Las derivas de la fallida ciudad de El Barco fueron forzadas antes que promisorias, y le costaron la vida a colonos renuentes a la constante trashumancia, al cabo ejecutados por el criminal Nuñez del Prado. Unos quinientos indígenas brutalmente encadenados tuvieron a cargo la última mudanza, durante la cual perecieron cientos de ellos. Las disputas entre Valdivia (Pizarro) Vs La Gasca (Núñez), respondieron a intereses económicos en pugna, importados del Viejo Mundo. Aún así, la razón para el emplazamiento de la Madre de Ciudades a la vera del Dulce y su cercano traslado bajo el patrocinio del apóstol Santiago, habría sido la cantidad, docilidad y productividad de los naturales de la comarca... y la calidez de sus atractivas mujeres. Además, la blanda llanura de los esteros facilitaba a los conquistadores perseguir de a caballo a los indígenas “rebeldes”, echarle los alanes (perros de presa) y “cazarlos” en son de escarmiento: “El hombre es tierra que anda”.
(**) “Somos reflexivos, pero no hemos alcanzado todavía la palabra. Nuestra garganta traga cielo en la beatitud de la boca que se abre sin poder decir” (Canal Feijóo, “Ñan”, 1932).
(***) Para Carlos Rodari (1), aquello de “Bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de los cielos”, es una “canallada confesional” que contribuyó a someter a las mentes sugestionables al arbitrio de absolutistas inducidores. Ante otras obturantes simplificaciones del tipo “El silencio es salud”, “Si la palabra es de plata, el silencio es de oro”, “El pez por la boca muere”, etc., la contracara la ofrecen los versos de Yupanqui: “Le tengo rabia al silencio / por lo mucho que perdí / que no se quede callado / quién quiera vivir feliz” (1) Rodari es un versado y experimentado comunicador; su programa radial “Haciendo camino”, de alto nivel conceptual y sustanciosa participación ciudadana, lo ha distinguido en el dial en los últimos veinte años.
Calificada sangría
El artificio sociológico de postular, desde ámbitos académicos, un imaginario popular aglutinante para exhibir una identidad integradora tranqueras afuera, se consumiría en pocas décadas al rescoldo de un éxodo en masa a partir de los años treinta : el cese de los grandes obrajes e ingenios locales se sumó a inamovibles condicionamientos sociales históricos, con el agravante de la deserción del individuo movilizante y proyector.
Tras una calificada sangría poblacional (*). el punto de inflexión a partir del cual las manifestaciones culturales acentuaron en Santiago un cariz subsidiario a la conducción política populista y clientelar, es próximo a la partida del freudiano Canal Feijóo en 1947 y a la negativa del Dr. Orestes Di Lullo (investigador, recopilador de tres mil coplas anónimas y fundador del Partido Reformista) a ser candidato por el justicialismo a la gobernación de la Provincia, en 1948.
A expensas de la gravosa escisión física e intelectual acontecida, las ideas-fuerza sustentadas en principios elevados no encontraron lugar en la política ultrapartidizada, aquella que por su verticalista modus operandis rechaza escrupulosos reparos, esquiva el debate levantado y obvia requisitos de idoneidad y excelencia. Una mediocracia compuesta por adoctrinados “hombres de partido” y adláteres funcionales se instaló en los noveles institutos republicanos, que a la postre no superarían el carácter protocolar, recayendo en prácticas acomodaticias y arbitrarias... Y con la música a otra parte.
Extramuros, y a modo de imprevista compensación, el folklorismo se potenciaría en tupidos macollos de embajadores vernáculos autopropulsados. Desangrándose por dentro, Santiago colonizaba musicalmente al país central, ya ampliamente infiltrado por una inmigración europea que le disputaba espacios de poder a la patricia oligarquía vacuna. Además de compañías, conjuntos y solistas itinerantes, tantos se fueron para allá que en 1980 se contabilizaban en el Gran Buenos Aires más de cien centros de residentes santiagueños (con eje en Berisso) rescatadores de la tradición provinciana y sus proyecciones folklóricas, y al menos cinco FM propiedad de santiagueños y más de veinte programas radiales folklóricos conducidos por santiagueños o hijos de...
Migrantemente, Santiago es Musical.
(*) Se fueron prometedores, capaces y decididos. Unos cuantos se arriesgaron a resistir desde una relación de dependencia anómica, el cuentapropismo inestable o la actividad privada reglada. Otros muchos se quedaron a conservar: los bien establecidos y sus dependientes, los amarrados a los cargos, los agentes públicos escalafonados y los pretendientes a ingresar, bajo riesgo de vasallaje cívico, en el siempre expansivo organigrama estatal.
Dos chacareras truncas
El preclaro Feijóo elevó las miras de la sociedad provinciana y trajinó -freudianamente- los rígidos parámetros de una idiosincrasia formalista y expectante (“Dios proveerá...”). Abrió las restringidas ventanas poscoloniales a la universalidad...con el propósito de mostrar a Santiago cual atalaya hispanoamericana, atesoradora de lo auténticamente criollo (¡!). Aquella camada sobresaliente, que propugnó una sui-generis homogeneidad social invisibilizando al negro, soslayando al indígena y admitiendo prácticas discriminantes de servidumbre campesina y doméstica, se agotaría en el intento de esbozar una identidad a medida de la ortodoxia conservadora y a tiro de la laica y subjetiva modernidad. Feijóo, que encendió “La Brasa”, faro de aquel brillante medio siglo de la intelectualidad santiagueña interactiva y al margen de cualquier “fundación” vinculante (*), no prohijó continuadores de su talento y perspectiva conceptual que tomasen la posta.
En las postrimerías del siglo XX el obispo Sueldo puso sobre el tapete, hasta donde se lo permitieron consagradas complicidades de la empresa Católica, la posmoderna trama feudal de neoempresarios (sin riesgo) y caudillejos que, sobre un sumiso (**) basamento social, conducía a su pecuniario interés los destinos de la Provincia. Sueldo, que no se guardó casi nada (***) sobre el regresivo presente y la acuciante mediatez, antes de marcharse alcanzó a catar la cicuta destilada por flaqueantes chupacirios y devaluados cursillistas de la alta burguesía católica local. Tras su trágico deceso, los que al influjo del verbo militante (nada menos que el Evangelio) se habían animado a expresarse con propiedad y una dosis de coraje, comenzaron a balbucear o directamente hicieron mutis por el foro: nuevamente desorientado el rebaño y el campo orégano para imposturas, corporativas imposiciones y tranzas a expensas de un pueblo sin antígenos para contrarrestar la opresión caudillesca asociada al poder económico concentrado y a los medios de comunicación alineados.
La saga de Sueldo no opaca, más bien resalta, la crucial responsabilidad de la Iglesia Católica en el destino de los creyentes pueblos amerindios y criollos. Alguien debería musicalizar el cómo y el por qué incoados por Bernardo Canal Feijóo y Gerardo Sueldo Brión, a principios y a final del siglo pasado respectivamente. Uno con limitantes de pertenencia y medio ambiente; el otro con serios reparos institucionales, escasez de apóstoles y pasaje interrupto (****).
(*) La contemporánea Fundación Cultural de S.E, brazo subvencionador del poder económico concentrado en la Provincia (el grupo Ick ), ajusta la libertad de opinión y acción de quienes, voluntariamente, se recuestan en su proveyente regazo, halagador de endebles vanidades: financiamiento de publicaciones, pantalla chica, radio y el hotel “Carlos V” para monitoreadas presentaciones.
(**) “...Un pueblo con vocación servil se manejará con criterios opuestos a los criterios pascuales: siempre permitirá y justificará la impunidad sin reclamar; aplaudirá y votará la dádiva y la dependencia aún en lo elemental de la existencia, sin pedir Justicia Social que le facilite independencia de los poderes de turno; aceptará como normal la compra y venta de las personas para conseguir favores, para evitar persecuciones, para alcanzar el cargo o mantenerlo... etc.”. Párrafo estremecedor de la antológica Homilía Pascual pronunciada por monseñor Sueldo el 30 de abril de 1997.
(***) El investigador-escritor salteño Hugo Nebbia considera que a Sueldo al menos le cabería un cargo leve, por no haber dado curso al fundamentado documento de su autoría que le fuera entregado en mano en enero de 1990 (cuando Sueldo residía en Orán, Salta), con destino final a S.S. En un meduloso estudio Nebbia sustenta la tesis por la cual en América del Sur, a partir de ser conquistada desde el hemisferio norte, todo ha sido desligado y debería religarse, en particular la mancomunión del hombre con la naturaleza. Rechaza Nebbia lo sentenciado por “Mani el Viviente” y su ilustre adepto, San Agustín, sobre que “la luz y el bien residen en el Norte, y la oscuridad y el mal en el Sur”. Considerando a 1493 como primer año de alumbramiento indohispanoamericano, el 21 de junio de 2003 se cumplieron 510 años de criollismo (al presente no existe composición musical dedicada al “Año Nuevo Criollo”; deberían componerla Julio Rodríguez Ledesma y El Pibe Gerez).
(****) Ratificando sus ambivalencias, contemporáneamente a Sueldo la misma Iglesia mostró otro fruto de su veleidoso árbol: el ultramontano Antonio Baseotto, ex-obispo de la exportadora (de bebés) diócesis de Añatuya. El sí supo convivir con el autoritarismo militar y civil, el poder económico concentrado y la pauperización popular. En 2002 fue designado obispo de nuestras filonazis, golpistas, antisemitas y represoras fuerzas armadas del siglo XX, digno colofón a su fascista conducta pastoral.
Desmemoria
Contabilizando que la bocanada de fuego del Santiagueñazo (*), además de poca memoria y menguada participación no merituó una composición musical alusiva (**): ¿se debe concluir en que la música y el canto en Santiago guardan abstinencia cívica?
Desde la orilla oriental y a caballo de un bardismo militante, el cantautor uruguayo Daniel Biglietti (***) confidencia: “Es difícil estar a la altura de la temática que uno canta. El cantor va adelante y la persona atrás. Yo invoco sentimientos y experiencias muy altas. Cantar a Camilo Torres y al Che Guevara, como alguna vez hice, o a tanta gente que tiene una dignidad enorme, es un trabajo denso. No me gustaría que se identifique al cantor que le canta a la lucha como un luchador que dio su vida. Cada cosa en su lugar, yo soy un cronista” (****). Biglietti comenzó a cantar fascinado por las interpretaciones de motivos populares del cuyano Antonio Tormo, “El cantor de las cosas nuestras”, burdamente censurado por la revolución “Libertadora” (¡!).
Sin caer en la trampa fachista de bastardear el arte de la política, ni desvalorizar una democracia formalista que por ahora nos permite optar por el personero del sector dominante que va a gobernarnos en su nombre, ni de ningunear la sabánica legitimidad de la representatividad refrendataria proyectada a los escaños, es evidente que a los enclaves partidistas no los mueve promover una efectiva participación, salvo cuando pasajeramente juegan de “francos opositores” y hasta que agarran el mango de la sartén o “arreglan” por la fritura. Algunos, subiendo progresistamente por izquierda, instalados arriba se olvidan de concretar los “profundos cambios” prometidos desde el llano, y proceden a gobernarnos responsablemente del brazo con la derecha concentradora de poder financiero... y alquiladora de lobistas con fueros.
Ante este brete, que antecede al libre sufragio, apremia despaternalizar y dinamizar a un pueblo vegetativo en tierra de promisión, que habiendo sido el primero hoy se lo ubica en la cola en términos de desarrollo socioeconómico y garantías constitucionales: ¿sería posible destetarlo desde la música y el canto?
(*) En el Festival de la Salamanca 2003, la academia folklórica “La Chacarera”, cuya actuación estaba programada, se vió impedida de presentar un espectáculo alusivo al “Santiagueñazo”. Las autoridades municipales (intendente Daniel Prados y “asesor político” Eduardo Ruiz), oportunamente alineadas con el Gobierno de la Provincia (Nina Aragonés y “asesor político” Carlos Juárez), no permitieron la pública recordación del “Estallido Social” de 1993. En cambio, en proselitista retorno al escenario salamanquero, “Chabay” pudo hacer su número. En los carnavales 2003 de Añatuya intrépidos vocacionales consumaron una sátira dedicada al Ejecutivo provincial, rápidamente amonestada por los alcahuetes de siempre, más papistas que el super Yo. Con el adelantado Ruiz repuesto en la Intendencia, la Salamanca 2004 minimizó el audio de los micrófonos de ambiente en previsión de espontáneas disidencias. Desde el escenario, el bailarín Juan Saavedra, frecuente partícipe de las marchas de las “Madres del dolor”, dejó escuchar su desaveniencia con el modelo “ninista-juarista” de gobierno.
(**) Salvando las insalvables distancias (de “una vida segada en la Moneda”, en 1973, a los incendios en cadena a cargo de envalentonados manifestantes urbanos, en 1993), otro Santiago, el de Chile, mereció estas coplas, que no resuenan improcedentes en el judicializado Santiago del Estero 2003 /4. De cualquier forma, vale el apasionamiento: “Yo pisaré las calles nuevamente / de lo que fue Santiago ensangrentada / y en una hermosa plaza liberada / me detendré a llorar por los ausentes - Retornarán los libros, las canciones / que quemaron las manos asesinas / renacerá mi pueblo de sus ruinas / y pagarán su culpa los traidores“ («Pisaré las calles nuevamente», Silvio Rodriguez).
(***) El “yorugua” musicalizó la proclama oriental de la Asamblea Nacional por el Agua y por la Vida, ante la probable privatización de la distribución de agua potable. Nadie en Santiago se pronunció musicalmente ante la privatización de la red pública de agua ni sobre la exacción hídrica que implicaba el planteado “Canal o Tubo Federal” a La Rioja: “Es agua para los changuitos santiagueños” (de Octavio Perez Pardo, cipayo menemista, en medio de un debate promovido por la cátedra de Sociología de la Facultad de Humanidades de la UNSE).
(****) Victor Jara, torturado, mutilado y asesinado por el golpe militar conducido por el general Pinochet y orquestado y respaldado por la administración republicana de los Estados Unidos (Nixon -Kissinger) que derrocó al presidente constitucional Salvador Allende, expresó en su «Manifiesto»: “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón”
Comunicadores folklóricos
En el siguiente relevamiento, seguramente incompleto, se destaca a quienes llevan adelante una labor comunicacional docente, que contrarresta la folklòrica desmemoria.
Sin duda que el programa radial nativista de mayor audición campesina ha sido el Alero Quichua Santiagueño, emitido desde 1969 por Radio Nacional S.E., los domingos por la mañana.
Actualmente coexisten comunicadores que abordan la temática folklórica añadiendo la reflexión y emitiendo opinión responsable, como es el caso de Ricardo “Shinfu” Sgoifo, que no cesa de incitar al libre pronunciamiento a la audiencia de “El canto nuestro”, por FM Estudio Uno; Daniel Miranday, Juan Carlos Soria Paz y Alberto Leguizamón (“El Fogón”, Radio Nacional); por la misma José Barrionuevo (“Mateando”), Lupo Soria en “Pueblos al Sur” (FM UNSE), Francisco “Cacho” Rodríguez (“Santiago Manta”, una década por FM Fernández), Andrés Castañares (“Por los caminos de mi Patria”, F.M U.N.S.E), Dante Chazarreta (F.M Exclusiva), autor de una “Antropología Filosófica de Pablo R. Trullenque”, y Pablo Mema, profesor de música, cantautor comprometido y conductor del programa radial “Herencias Cotidianas”, también por Exclusiva. El experimentado Juan Carlos Carabajal (“Santo Grande”), creador de la revista “Santiago, guitarra y copla”, compositor y formador del conjunto “El rejunte”, mantiene una línea promocional y peregrina : en 2006 cumplirá veinte años su programa por LV11. Mención especial para el campero Belindo Farías, divulgador itinerante del quichua, animador de peñas, fiestas y celebraciones criollas y quichuistas, sanador y cuanto más, que alimenta el rosario comunicacional con su original y rico bagaje nativista. De los últimos en surgir es Walter Díaz, que conduce «Pago donde nací» por radio Panorama.
Párrafo aparte merecen Eduardo Manzur y don Antonio Garzón. El santiagueño empeñado en que la iniciativa radial de Felipe Benicio Corpos, “Domingos Santiagueños”, alcance dignamente los treinta años de emisión (Radio Nacional,1974-2004), para despedirse del éter con la convicción de una tarea cumplida con rigor, extrayendo joyas musicales del millonario yacimiento folklórico santiagueño. Garzón, paisano bonaerense aquerenciado y jinete comunicacional de fuste, desde las señeras “Estampas Sureñas”(difundidas por Radio Nacional y la FM UNSE) continúa graficando precisiones históricas desde una óptica gauchesca, no exenta de indeclinable compromiso cíudadano.
Comunicacionalmente, Santiago es Musical...
Nostalgia institucionalizada
Aristas filosas de la convivencia fueron obviadas por cultores que no osaron discrepar con injustas reducciones verificables en la cotidianeidad. En un sentido contestatario (adjetivación elegida para facilitar la descalificación conservadora de este enfoque “subversivo”) cabe señalar la escasa expresividad testimonial del folklore santiagueño.
“El arte crece con el sufrimiento”, argüía el Marqués de Sade desde su prisión-manicomio, y por aquí padecimientos no han faltado. Entonces, neutralizando la cuestión social, ¿es el género folklórico la faceta expresiva en la que adquirió validez el axioma masoquista? Hijos dilectos de un Santiago cesionario y desmembrado (a semejanza del noble y vacilante Túpac Amaru o del confundido mestizo Silverio Leguizamón) dispersos por los cuatro rumbos, empujados desde dentro antes que tironeados desde fuera, le cantan a su desgracia. Lo insinuó controversialmente Coronel Lugones: “Destino del santiagueño... andar por tantos caminos buscando lo que su tierra le niega” (*). Sin la menor intención de discutir la propiedad de un metro cuadrado de suelo pampeano, el gauchaje sureño -tan menoscabado como diezmado su precedesor originario, el “indio”- adoptó una actitud de estoico anclaje al terruño. Así lo expresa la Milonga del Peón de Campo, de A. Yupanqui: “...A veces me entra tristeza / y otras veces rebelión (**) / en más de alguna ocasión / pensé en hacerme perdiz / para ver de ser feliz / en algún pago lejano / pero la verdad paisano / me gusta el aire de aquí”.
(*) Dalmiro, ídolo -deportado bajo censura social-, la tierra, fraterna e impersonal, nada niega. En todo caso “Lo que en su tierra le niegan”, porque a 2004 le siguen negando al santiagueño poseedor rural la titularización de la propiedad que habita desde añares. Desde otro enfoque, aunque generalmente es expelido pervive en el santiagueño una fundacional vocación de andar. Composiciones ilustrativas de la trashumancia son «Entre a mi pago sin golpear», chacarera de P. Trullenque y Carlos Carabajal, «La Pucha con el Hombre», escondido de Trullenque y Cuti Carabajal, la «Chacarera del exilio», de Marcelo Mitre, y la de Trullenque y Peteco, «Para el que ande más lejos»: “Es cantor y trashumante / caminador sin fronteras / lleva su sol en el cuero / y en la voz la chacarera”.
(**) “La rebeldía es el derecho natural del hombre”, Arthur Schopenhauer
Los shanti que se quedaron habitando el paisaje montaraz exaccionado, rota la armonía con Natura se volvieron contra ella agrediendo los remanentes de la flora y la fauna “por unas cuantas monedas” (*). Las rémoras del inmobilismo social y el desarraigo (**), extendidas a nuestros días, no han ameritado variantes reparadoras. El signado paisano igual canta, aquilatando lindezas y apagando resquemores (***): “¡Que lindo es mi pago, añurita, ay Santiagó!”, (gato de Fortunato Juárez).
La letanía innominativa diluye responsabilidades de minorías colegiadas y “autoridades competentes” que en su hora debieron haberse hecho cargo de subvertir la impronta expulsora, en solidaria alianza con las “fuerzas vivas” y demostrativas. La cómoda apatía de una delgada clase media y la inhibición confesional (“Se dice el pecado, pero no el pecador”), dieron licencia a los incursos para adherir parlamentariamente al nostálgico lamento, institucionalizándolo...
...Así es como a partir de la Reforma practicada por la Convención Constituyente de Santiago del Estero en diciembre de 1997, el desarraigo ha adquirido entidad constitucional. En su Artículo 233, la nueva Constitución instituye a la chacarera «Añoranzas» (****) como «Himno Cultural de la Provincia». Los primeros versos ahorran mayores comentarios: “Cuando salí de Santiago / todo el camino lloré / lloré sin saber porqué / pero sí les aseguro / que mi corazón es duro / pero aquel día aflojé - Dejé aquel suelo querido / y el rancho donde nací / donde tan feliz viví / alegremente cantando / en cambio hoy vivo llorando / igualito que´l crespín”.
...No hay en los conmovedores versos, salvo el subterfugio (“lloré sin saber por qué”, ya que, presumiblemente, sí sabía ) una línea que indique una determinante causa propia o común, terrenal o divina de expulsión, o acaso un ansia de aventura: ¿por qué razón el individuo abandona su felíz morada?, ¿qué lo impele fuera del acogedor terruño?, ¿desconoce u oculta el real motivo de sus penurias? Por otra parte nadie se atrevió a objetarle al enaltecido J.A. Jerez que, con escéptico tono discepoliano haya inscrito, en La Baguala, un tan desengañado verso: “No hay hermanos ni parientes / del amigo ni que hablar / sólo el cariño de madre / eso si es verdad”.
Institucionalmente, Santiago es Musical...
(*) Quién pretenda sancionar esta instintiva acción en pro de la supervivencia familiar por parte de chimbeadores, modestos carbonizadores y tramperos, ¿cómo debería calificar a funcionarios e ingenieros bien comidos que han firmado -por unos cuantos pesos- planes dasocráticos (hachado a flote) o de desmonte carentes de racionalidad y faltos de control de ejecución?
(**) DESARRAIGO es un indicador desposesivo con el que la indiferencia culposa del comprovinciano bien acomodado convalida el éxodo obligado del otro santiagueño, a causa de la explotación laboral, la falta de oportunidades o la sana resistencia a ser ninguneado por sus comprovincianos patrones. Puede que el afrentor haya sido el empático obrajero de por acá , que atendía sus negocios desde las mesas del paquete Jockey Club, y no aquellos “gringos” de por allá -demonizados por discrecionales escribas- que instalaron reglados obrajes-industrias, cual los ejemplos de Weisburd y Ottavia, entre otros humanizados emprendimientos de aprovechamiento forestal. Defección del gobernante que no aplicó prometidas y justicieras reformas (como si lo hizo Santiago Maradona, por breve lapso) para que cada quién pudiese acceder a lo correspondiente, viéndose respetado en su dignidad laboral. Hoy mismo, tornados en «empresarios del campo» y bajo el engañoso concepto (no ya negador de la plusvalía, sino de las mínimas conquistas sociales del siglo pasado) de que dan trabajo, patronos rurales santiagueños siguen acarreando en destartalados acoplados o en camiones jaula (“vaqueros”) peones santiagueños (“hermaaanos”), como si fuesen ganado sin marcar: no constan el control oficial (¿y la Justicia?), ni la defensa gremial, ni la denuncia de la “oposición” política tradicional, ni siquiera la repulsa manifiesta del “hermano santiagueño” con puesto o cargo público, mutualizado en el IOSEP, asegurado en Hamburgo y provisto de tarjeta Sol: ¿cuantas categorías de “hermanos” coexisten?
(***) Si concordamos con el criterio del austero filósofo naturalista Henry David Thoreau (1817-62), autor de «Desobediencia civil» (1849), ensayo que inspiró la resistencia pacifista de Mahatma Gandhi, y del libro «Walden o la vida en los bosques» (1854), obra simbólica del libre pensamiento, sobre que “Un hombre es rico en proporción a las cosas que puede desechar” (agregariamos “y de las que sabe apreciar y compartir”), al paisano folklorista no le hace falta nada cuando abraza la guitarra, libera las coplas y ahoga las penas.
(****) Compuesta en los años cuarenta por Julio Argentino Jerez, desde Buenos Aires, cuando el “normal” éxodo santiagueño se potenciaba con el cierre de los grandes obrajes.
Una perla... que aún se cultiva.
¿Dónde está el Hombre?,
supo inquirir y responderse Pablo Trullenque:
“Está en las canciones
que enanos prohiben;
En los viejos miedos
de los que proscriben;
En la autocensura
de los seudos libres”
Primeras figuras supieron amoldarse a las circunstancias. El negro “Chacarera” Comán, intérprete fernandense, relata que en tiempos del “Proceso de Reorganización Nacional” estaba por cantar “La Obrajera” en un escenario provincial, cuando un integrante del conjunto “Los Manseros Santiagueños” le aconsejó: “Negro, no la toques, que esa es una chacarera de protesta”. Y el Negro cagón no la tocó. Y tan cierto como que durante el malhadado facto del ´76 -congeniado entre militares, civiles y la Curia- un milico gobernante en Salta llegó a prohibir las bagualas, ¡por subversivas!, lo es que en Santiago el general César F. Ochoa les hizo cumplir la ley Laboral a unos cuantos anómicos obrajeros y patronos rurales, que “en democracia” gozaban del amparo de subvencionados jefes políticos y de representantes del pueblo.
«La Obrajera» pertenece (letra y música) a Bartolo Díaz, trabajador santiagueño que pasó gran parte de su vida en los obrajes. Alfonso Ledesma la habría declarado a nombre de los dos. De similar temática a la dietética “Pancho Raco”, está inspirada en el poco provechoso trajinar de la peonada entre los apilados de leña y las parvas de carbón. Don Bartolo, nativo de Fernández, sabía cuidarse de entonarla en cualquier lugar, no vaya ser que los patrones le tomaran inquina. La carbonizada chacarera fue grabada en cassette por Comán, recién en 1996. El conjunto “La Greda”, de Fernández, es uno de los pocos que mantiene a “La Obrajera” en su repertorio.
“Muy de lejos me he venido,
yo no sé de que manera,
pa’cantarte chacarera,
que te llamo «la obrajera»”.
“Voy a cantar yo señores
sobre cosas de obrajeros,
pagan con mercaderías (*)
en Santiago del Estero”.
“Nosotros los pobrecitos,
bañaditos en sudor,
patrones y contratistas
gozando de lo mejor”.
“Tarde deshora a la noche
con mi pala y mi lonita,
yo encontré esta chacarera,
llorando como urpilita”.
“Cuando entrego el material,
de primera y bien pesado,
cuando voy a reclamar
me salen que es muy liviano”.
“Qué cosa fiera había sido
trabajar de carbonero,
trabajando día y noche
no me alcanza pa’un sombrero”.
“Trabajar de obrajero,
esto si que es cosa seria,
yo que tanto le trabajo
vivo siempre en la miseria”.
«La Obrajera» fue compuesta en los primeros años de la década del ‘50, en pleno auge del gobierno nacional y local “peronista”, instalado bajo los venturosos efluvios de la Justicia Social. ¿Cómo fue entonces que en Santiago patronos conservadores (conservadores católicos seudocristianos, conservadores “radicales” desvirtuadores de Santiago Maradona y conservadores “peronistas” burladores de Evita) siguieron pagando en especie a trabajadores del monte y del surco? El estadista-populista Juan Domingo Perón solía lamentarse de que Santiago fuese una de las provincias donde su gobierno no logró hacer respetar plenamente el Estatuto del Peón (en la actualidad ocurre algo parecido con la Libreta de Trabajo). Además al “Pocho” nunca le cayó simpático Carlos Arturo Juárez, aunque el bravo “negrito” se hubiese ganado la buena fe de Evita...
Laboralmente, Santiago es Musical...
(*) El atildado y riguroso César Argentino Montenegro, obrajero radicado en Estación Taboada (Sgo. del Estero), hasta bien entrados los años cincuenta manejó la peonada con vales y moneda propia (de plata y níquel), acuñada al efecto. En el Museo Histórico de Santiago se conservan piezas de la divisa privada de los Montenegro: “...de qué vivía Pancho Raco / si en su libreta solo decía / yerba y tabaco / yerba y tabaco...” (Cristóforo Juárez) Al respecto de la pobreza franciscana en la que subsistían la mayoría de aquellos victimarios del bosque y víctimas de los obrajes, Julio Rodriguez Ledesma estima que “A los hacheros los embargaba una «santidad franciscana», aunque despojada de la cristiana rebeldía del hermano del Sol y de la Luna”.
Telón Musical
Hasta mediados del siglo XX la aseada, esbelta y cultivada capital santiagueña encubrió un interior subdesarrollado y en proceso de despoblación. Mientras el vals “Santiago del Estero” (música de Andrés Chazarreta y letra de Agustín Carabajal) enmarcaba los fastos del brillante 400 aniversario de una Madre de Ciudades “tan fiel a la Patria como a España” (del presidente Perón, en su discurso alusivo) rezagos del otrora opulento bosque nativo terminaban de ser esquilmados sin provecho perdurable para sus moradores (*). Con las manos callosas y vacías y las familias raleadas por el éxodo de los más saludables, los paisanos montaraces se afanaban en pro de pieles, cueros, postes y rodrigones que aportasen a una llevadera subsistencia. La “hijas mujeres”, domésticas en casa del obrajero o del hacendado, o en la capital provincial o en la nacional, remitían su esperada contribución al sostenimiento del núcleo campesino residente. De tanto en tanto volvían al pago para dejar en custodia un hijo de madre soltera (forzada o dispuesta) para liberar los brazos al trabajo o a la servidumbre... (**)
Al presente, comunidades y organizaciones de base campesinas (algunas amenazadas con la usurpación y/o expulsión de las tierras que ocupan, otras plantadas en defensa de lo suyo y, los menos, pequeños grupos o individuos en la avivada de la ocupación reciente e ilegítima estimulada por algún torcido “profesional del Derecho” o bandolero rural ) se asocian al tardío rescate de la fauna y flora autóctona en la «Fiesta del Quirquincho» (“Festipichi”), que tiene lugar a fines de julio en Bandera Bajada (Dpto. Figueroa). Demasiado cercanos, en extensos desmontes aledaños, se perciben pestilentes vahos de defoliantes, glifosato y del re-re-prohibido 2-4D (***).
Ambientalistamente, Santiago es Musical...
(*) Entre la segunda mitad del siglo XIX y buena parte de la primera del XX, la autobastecida campiña santiagueña transitó un tiempo de bonanza que de todas maneras no alcanzó a detener el éxodo rural. La cultura productiva del cerco prohijaba changos bien comidos y despiertos, que luego serían favorablemente acogidos -por su adaptabilidad y rendimiento laboral- en todo el resto del país. La nutritiva dieta incluía leche recién ordeñada, maíz tostado, trigo, miel de palo, abundante carne, anco, verduras, etc., y una sana crianza en estrecho contacto con la tonificante naturaleza.
(**) “Cama adentro” las fámulas inocentes, recién salidas del monte, eran indefensas víctimas del acoso sexual y del acceso carnal del “señor” de la casa o de sus hijos, o de algún vivillo arrimado.
(***) Ante cada inocultable “daño colateral” se vuelven a prohibir el 2-4D y otros mejunjes nocivos... Pasado un tiempo “prudencial” los funcionarios encargados del control hacen la vista gorda, y comerciantes, “ingenieros agroquímicos” y “agricultores mineros” reinciden con una nueva fórmula “menos volátil”. Cuando se repite, potenciada, una catástrofe ambiental y sanitaria (se han llegado a producir abortos de fetos humanos en desprevenidas embarazadas de la campaña, en el recientemente hiperagriculturizado noreste santiagueño), los agrotóxicos se vuelven a re-prohibir, ¡y así seguimos! Pero, ¡ cómo quieren su suelo y aman su tradición las santiagueñas autoridades incursas en el incumplimiento de los deberes de funcionario público! ¡Y con qué entusiasmo autóctono hacen palmas en reuniones folklóricas, fogones, peñas y musicalizadas sobremesas, tras percibir su sueldo al día de parte de “una administración ordenada con superávit financiero”, a veces engordado con jugosas coimas! Si el tema ejecutado es bien campero (gato, chacarera), ¡hasta se les puede llegar a caer una lágrima por la naturaleza muerta! (-“Hermano, pasame las empanadas y el vino que se me parte el pecho de la pena...”).
Laureles, famas y olvidos
La trascendencia folklórica de Santiago es indiscutida en toda la Argentina, a partir de que el denominado “Movimiento Folklórico Santiagueño” ganó la Capital Federal y el Gran Buenos Aires entre los cincuenta y setenta. Incluso el cultor provinciano es muy respetado en aquellas regiones de Europa en que ha podido exhibir sus cualidades, y la gran mayoría de los exponentes locales (vivos o muertos) son profetas en su tierra (*), suerte que en suelo natal le ha sido esquiva a superlativos referentes de diversos géneros (**).
(*) Entre los venerados, Carlos Armando Saavedra (recientemente fallecido), eximio danzarín, coreógrafo, animador y humorista, y el emblemático Carlos Carabajal (progenitor de intérpretes de nota), ambos figuras arquetípicas del arte vernáculo. Los tocayos vivieron sustanciosas experiencias fatigando fogones y escenarios de la Argentina toda y del mundo, dando cátedra con intuitiva maestría. El programa radial “Más santiagueño imposible”, que se trasmitió los domingos al mediodía hasta el año 2001 por Radio Nacional de S.E. y que condujeron a dúo, fue muestra acabada e irrepetible de la más excelsa santiagueñidad popular (...hay otra). Don Sixto Palavecino - regular bandoneonista devenido en mentado violín sachero a sugerencia de Felipe Benicio Corpos- adalid del cancionero quichua expuesto a la consideración provincial por el Alero Quichua y a la nacional por León Gieco, completa una trilogía de cultores irreditables. Ya no existe el medio ambiente físico ni sociocultural que pueda prohijar auténticos émulos... aunque abunden creativos exponentes de fuste.
(**) Hasta hoy medran necios que arguyen “lo de Astor Piazzola no es tango“. Alberto Cortez, cantautor pampeano que luego de impostar un «Mister Sucu-Sucu» en la orquesta «tropical» de Tito Alberti marchó a probar fortuna en Europa junto al virtuosísimo armonicista santiagueño Hugo Díaz, necesitó de una propaganda de vinos («jingle») y de la valoración de Joan Manuel Serrat en la T.V Argentina («Sábados Circulares» de Pipo Mancera), para comenzar a ser reconocido en la Argentina. Se quedó a vivir en España.
Como toda especialización conlleva una abstracción de la generalidad, a nivel popular la padeció Manuel Gómez Carrillo (*), pianista, compositor y coreuta de formación académica. Selectivo continuador de la obra recopiladora del patriarca Chazarreta -preciosa tarea de rescate cumplida en el NOA (financiada desde Tucumán) es autor, popularmente ignorado en Santiago, de la sinfonía folklórica «Rapsodia santiagueña», entre otras piezas de alto vuelo. Formador del primer conjunto coral estable que utilizó el órgano fonador humano para imitar los sonidos de los intrumentos (pre-precursor de los Huanca Huá, Los Trovadores y demás), el Cuarteto Vocal Gómez Carrillo, integrado con sus hijos: tres hombres -dos tenores y un barítono- y una soprano. Esta ecléctica agrupación familiar dominaba tres idiomas, sin excluir la lengua quichua y la guaraní. Se conservan algunas grabaciones memorables, como la Romanza Gaucha o Romance Gaucho, Danza de la Huaca, Dos Palomitas y Vidala del Regreso. Con ciento cuarenta vocalistas locales conformó el coro más numeroso que tuvo Santiago del Estero. Ciento cuatro músicos (nunca más tantos juntos) interpretaron en París -1933- su Rapsodia Santiagueña, con gran reconocimiento de la crítica especializada, obra magna que recién en 1983 estrenaría en Buenos Aires, en el Teatro Colón. En su residencia extraprovincial, San Isidro (Bs.As), una plaza lleva su nombre. Tal vez el mayor reconocimiento que recibió de Santiago, además del busto instalado en 1973 en el teatro 25 de Mayo, fue la zamba «A Gomez Carrillo», que le compusieran «Los hermanos Toledo» y Rodríguez Armesto (**).
A otro cultor inspirado, el discepoliano J.A. Jerez, que no fue payador ni fue perseguido en vida, tras su muerte le levantaron dos bustos en La Banda. El de bronce, ubicado en el canalito, habría sido sustraído y vendido para fundición; el de avenida Besares permanece deteriorado a la fecha.
Toda la magnificiencia musical, amén del alarde y la infatuación (“Yo tengo como y porqué / yo tengo con qué y para qué / yo soy baquiano con cualquiér / en este pago o en aquél”, J.R.L) que para muchos significó una revalorización de la pertenencia y para unos pocos un éxito comercial, en nada modificaron los gravosos condicionamientos existenciales del santiagueño del llano, estacionado en su tierra. Con ellos el laureado «Santiago Musical» está en deuda... Si a la vez verificamos qué notorios escribas y editores vernáculos poco fervor han provocado con su eufemística pluma o alquilada imprenta (***), el desafío es para los artistas que gozan de los fueros permanentes que les concede el soberano auditorio: ¿o folklore ya no significa “voz del pueblo”?
(*) Si el joven Homero Nicolás Manzione no hubiese partido tempranamente desde la Añatuya natal (“Añamía”, disfrutaba puntualizar) hacia la urbe porteña, nada más que para redactar crónicas exquisitas, tangos memorables, crear FORJA junto a Jauretche y Scalabrini Ortiz, combatir la censura, editar preciados libros, escribir el guión y filmar unas cuantas magistrales películas (La Guerra Gaucha), tal vez hubiese abordado desde el cancionero popular santiagueño la cuestión social. De cualquier forma, en el soberano ejercicio de la militancia ciudadana, desde Buenos Aires no se privó de denunciar la explotación laboral en los algodonales y la infructuosa (para los paisanos) devastación de los bosques .
(**) Yupanqui solía ponderar y añorar los “tristes” de Agüero interpretados al piano por Gómez Carrillo.
(***) Entre válidas publicaciones del pasado discontinuadas o cesadas, está el caso del insurgente periódico «Atariy Huauquey» (“Levántate Hermano”), que Pablo Enriquez editara por los años treinta. Sindicado “agitador de la masa obrera”, el «Toro Supay» padeció cárcel en Ushuaia (igual que Ricardo Rojas) y falleció en «El Cruce», en 1946, en la época en que La Banda podía jactarse, con propiedad, de las “fincas perfumadas y veredas arboladas” que nostalgicamente rememora el vals de Carlos Carabajal. Por los convulsos ‘60 el Frente Revolucionario Indoamericano Popular, fogoneado por el «Negro» Francisco René Santucho, editó el periódico «Norte Revolucionario», con una versión en quichua,“Canchaj”, orientada al campesinado y a los trabajadores forestales, en su mayoría quichuahablantes.
Las formas musicales
La sinfonía, es, en rigor, una sonata para orquesta. Es decir: la sinfonía obedece a un plan -en lo que se refiere a la organización de los distintos movimientos- semejante al de la sonata instrumental. El cuarteto de cuerda y las demás formas de música de cámara están basadas asimismo en el plan de la sonata; igualmente los conciertos, en los que tiene un papel importante un instrumento solista.
Se llama, en general, poema sinfónico a una composición musical en la que los principios de construcción formal están subordinados a las exigencias de un poema o texto literario. Así la música de un poema sinfónico, aunque no reposa sobre la palabra cantada, se sustrae a las leyes formales del orden sinfónico por dicha subordinación al texto literario (Enciclopedia de la Música, de Hamel & Hürliman).
Nacidos para cantar
“Cantando me he de morir / cantando me han de enterrar / y cantando he de llegar / al pie del Eterno Padre / dende el vientre de mi madre / vine a este mundo a cantar” (*). El sexto verso de «El Gaucho Martín Fierro», nuestra venerada payada literaria, es aplicable al canoro pueblo santiagueño (**) aunque el ejercicio del atributo difiera del que José Hernández le adjudicara al gaucho matrero. Las coplas de Julio A. Jerez denotan otra orientación: “Muerte si me andas buscando / un favor te pediré / dejame seguir cantando / y llevame después” (**).
No es para ensayar una crítica social que canta el santiagueño dotado: lo hace de puro cumplido o convocado por la musa autóctona (***). Más allá de asimilar el sino de ver emigrar los hijos y derrumbarse el monte protector y proveedor, siendo cantor está realizado: con la misma autocompasión con que acepta su destino se enfiesta para torearlo. Desde otro lugar menos sumiso, el sureño Larralde responde al sello hernandiano: “Pienso que el cantor / debe cantar las cuarenta”, («Allí donde alce mi rabia»).
Tanto apasionamiento de vena hinchada, vuelo poético y armoniosa musicalización, ¿alcanza alturas liberadas con tono energizante? Aquel santiagueño avispado qué, sin perder los solanísticos dones ha sabido sustraerse a la pobreza estructural, al fatalismo confesional y al clientelismo político y es dueño de una mirada autónoma, habiendo nacido sabiendo “golpear” un bombo, ¿recepciona y potencia el pronunciamiento de los que no tienen voz?
(*) Esta cualidad parece no haber sido exclusiva de santiagueños, sino de la generalidad de la novada nacionalidad “argentina”. Así lo comprobó el “cuyano alborotador” (D.F.S.) en su exilio chileno: “Cuando en Chile se anuncia por primera vez un argentino en una casa, se lo invita inmediatamente al piano o le pasan una vihuela; si se excusa diciendo que no sabe pulsearla, se extrañan o no le creen: siendo argentino debe ser músico”.
(**) “Peregrino si un día / encuentras este pueblo... canta con él / Canta y ama / goza de su noble vino / de su pan caliente al alba / Y si sigues tu camino / para saciar sed de distancia / caminante por favor / jamás dibujes su mapa” (P. R.Trullenque)
(***) Hay composiciones que encuentran su cantor: “Velay la algarrobera” es una zamba de Jesús Leonidas Corvalán que halló en Alberto Leguizamón el intérprete indicado, quedando hermanados por siempre en la identificación.
Un pa-pá / ma-má a lo Juan Carlos Soria Paz (que se nos ha vuelto evangélico), sostenido acicateante de los que callan y otorgan. En Santiago hay demasiados que callaron y callan, con la boca llena (importantes patrimonios consolidados, suculentos “derechos adquiridos”) o mascando migajas... y aún con el estómago vacío: “Para olvidar que soy pobre / cierro los ojos y canto”, (Argentino Luna), y el reverso, “Antes prefiero rodar / que marcar el paso”, «Reflexiones», (J. Larralde).
De ninguna manera el afinado régimen autocrático, clientelar y policiáco de la pareja Juárez & Aragonés -que ha sobrepasado el medio siglo- pudo valerse tanto tiempo sin la adhesión de incondicionales acólitos e inescrupulosos mercenarios, aduladores permanentes (unos pocos) y ocasionales (los más), concéntricos círculos de extractores de concesiones y prebendas de todos los palos, vertientes y profesiones, y doctos funcionales pendientes del “halago del cargo” y la precoz jubilación “especial”.
¿Y por el otro bordo de la acequia qué?: un ramillete disperso de opositores políticos poco convincentes (*), una diversidad de “contras” figurativos, overos varios, circenses saltadores de cerco, vocacionales colaboracionistas de factos, intelectuales subsidiarios y subsidiados, medios de comunicación pendularmente alineados, clero concupiscente... y grey promesante. Pliegues de un pueblo disminuído por la partida de exponentes calificados e individuos aspirantes, que ciclotímicamente emerge de achatantes períodos de autista subalternización con inconsecuentes arrebatos de furia y fuego. Salvedad: entre unos y otros no se cuentan ni “porteños centralistas y avasalladores”, ni “gringos atropelladores”, ni “tucumanos mañeros”, ni “cordobeses fallutos”: son producción propia...
Por lo que debiera hacerse cargo, Santiago es Musical...
(*) Entre los contados reales opositores que osaron enfrentarse cara a cara con el régimen juarista se distinguió, por sus convicciones cristianas y republicanas, el obispo católico Gerardo Sueldo Brión. Para variar, ¿para cuando una campaña electoral “opositora” que no comience pidiendo la consabida vaquillona al “don” lugareño o efectivo a una corporación principal, “mecenas” a los que después deberán respetársele los “privilegios adquiridos” y será difícil hacerles cumplir alguna norma o contar con su anuencia para propiciar alguna reforma progresista?
El Bombo
Diferenciando manualidades y artesanías, como propone Teresa Castronuovo, aquí va una «Receta para Bombo», de Froilán González. A decir de su mujer (la Tere), que sabe venderlo, “El indio no habla la quichua, pero estructura su pensamiento y obra al ritmo de esa concepción lenguística y existencial” (*).
Fábrica de un bombo legüero
Se requiere madera de ceibo maduro (al menos 25 años), de entre 70 y 80 cm de diámetro. Se la ahueca y pule bien (especialmente por dentro), y se le deja un agujerito en la panza para que respire. El cuerpo del bombo es luego secado con brasas de carbón de quebracho blanco, sobre piso de ladrillos (absorve la humedad). Las bocas serán niveladas y el perfil será levemente bombé. Los aros (superior e inferior) serán de madera de quebracho blanco tierno (provée un sonido seco), moldeados al agua. Los parches de oveja (sonido grave) y cabra (agudo), bien limpios (con detergente en polvo); emparejados del lado del pelo (exterior) y engrasados con pella del lado del cuero (interior). Los arillos interiores que delinean la circunferencia de los parches deberán ser de molle. Los tientos vacunos sacados de la parte del lomillo. Los palos, livianos, de blanco. El bombo es un instrumento personalizado y sensible (**), que varía el sonido según condiciones ambientales, estado general y modo de tocarlo (no debe ser “golpeado”); debe afinarse acomodando los parches y tensando los tientos con cuidado (no estirándolos por que sí nomás) cada vez que se lo emplee (***).
Percusionístamente, Santiago es Musical...
(*) Vidalas, coplas, 468 bombos (¿o 475?), sachas y cajas enmendaron la plana al casticismo residual en los festejos de los 450 años de la fundación de Santiago: “La sagrada indianidad nos mira de todos los sitios” (Atahualpa Yupanqui).
(**) Equivoco (sin acento, como se pronuncia en la campaña): según el prestigioso suplemento cultural que edita NUEVO DIARIO ( edición del 25-7-04, aniversario 451 de la fundación de Santiago) el bombo es un instrumento originario de Bolivia...Se escandalizaron Víctor Mario Paz, hacedor capitalino de excelentes bombos, tanto como Saúl Trejo (luthier de Chaguar Punco), los Castillo (Beltrán) y don Lucindo Barrionuevo, de Frías (donde se realiza anualmente el Festival del Bombo), quien dirige la agrupación «Sonko Sumaj» (“corazón hermoso”), que cuenta con treinta integrantes-bombistos vocacionales.
(***) El jovial Vitillo Abalos, a los 81 años acaricia seductoramente un bombo legüero que, como la mujer, hay que saber tocarla (y no se presta): “¿Vos te crees que yo me llamo un bombo?”
Instrumentos de percusión
Quizás el más importante en la orquesta sinfónica sean los timbales, que tienen puesto propio en ella desde los tiempos de Bach. Constan de una caja oval, metálica, sobre la cual se halla tendida -en la parte superior- una membrana hecha con piel de carnero, la cual se percute con baquetas de diversas calidades según el timbre que se desee obtener (Fragmento, Enciclopedia de la Música, de Hamel & Hürliman).
Interpretación
Una definición de Folklore indica que “es el modo y saber popular que por asimilación colectiva afirma lo arcaico en los tiempos modernos”; lo demás sería tradición, trasmisión de costumbres y caracteres culturales de generación en generación.
La agógica es un concepto difundido por Hugo Reimann, que explica la íntima relación existente entre las posibles modificaciones del movimiento (tempo) y las distintas alteraciones de intensidad en la emisión del sonido (dinámica); modificaciones y alteraciones que nacen necesariamente del deseo de obtener una expresión variada y viva.
No es poca la dificultad para reproducir fielmente música popular impregnada de singularidades regionales. Así como no es sencillo plasmar lo típico-intimista en un pentagrama, puede resultarle complejo a un músico de técnica depurada, regido por la partitura (*), interpretar folklore fidedignamente. El estudio concienzudo no siempre garantiza alcanzar la densidad, el color y el tempo de algunas cadencias y fraseos muy propios, entrañablemente ligados a la identificación cultural (**).
Escuchando cantar tangos a Plácido Domingo o a Pavarotti, magníficas voces de afinación irreprochable, se advierte que ni ensayando cien años podrían interpretarlos como Edmundo Rivero o el Polaco Goyeneche (ni hablar de Gardel), cuyas gargantas arenadas exudaban una mezcla de arrabal milonguero, empedrado ciudadano y clásico porteñismo rioplatense. Otro es el caso de Gómez Carrillo y Astor Piazzola, por ejemplo, que a la sustancia local socialmente adquirida anexaron el conocimiento académico, con efectos innovadores y trascendentes (***).
Sensorialmente hablando, prueba fehaciente de que la melodía es idioma universal y puede ser entendido y hablado por legos y cultivados, en áridos patios de tierra o sobre pulidos parqué, en sombreadas arboledas e iluminados escenarios, es el ejemplo del armonicista Hugo Díaz. Este magistral intérprete santiagueño no sabía leer música; suplía la falencia con una excepcional capacidad de registro mental (como a Mozart, las notas le sonaban dentro de la cabeza) de una pluralidad de géneros musicales (****). Díaz demostró dos cosas: que el cerebro humano es tan o más hábil para registrar la escala sonora que el abecedario o las cifras, y que no hay fronteras formativas para asimilar el arte musical, más que el legado cognitivo de Natura (ojo, la licenciosa Salamanca de aquí, nada que ver con la “mezquina” universidad Española) y la innata predisposición, en un medio ambiente adecuado.
(*) De un errado registro en el pentagrama, salvado por amable observación de los atildados hermanos Abalos, nació “La equívoca”, de Ariel Ramirez.
(**) Mucho “ritmo afro“ con sones indianos, pero el percusionista “santiagueño” más reconocido nacional e internacionalmente ha sido un directo descendiente de árabes: Domingo Cura, cuñado de Hugo Díaz. Y el más mentado en la actualidad es Eduardo Mizoguchi, descendiente de japoneses, uno de los principales organizadores de la primera Marcha de los Bombos, en el cuatrocientos aniversario de la Madre de Ciudades.
(***) Sólo el genio puede llegar a producir una obra maestra, desprendida o elevada del entorno que lo circunscribe. Así Leonardo da Vinci, sin más comprobaciones a la vista que el vuelo de los pájaros, pudo proyectar el helicóptero quinientos años antes de que pudiese ser fabricado por la industria del hombre.
(****) El humilde lustrin “Orejita”, que tocaba de oído, ganó por aclamación un concurso mundial de armonicistas en Alemania, pero perdió puntaje técnico y quedó segundo por no saber leer un pentagrama. Díaz formó conjunto con Alberto Cortez en una gira por Europa, tocó para Sara Vaughan y con Duke Ellington y Sachtmo, nada menos.
El oído como órgano de percepción
Cuando diferentes sonidos coinciden, resultan particularidades aún más complicadas en las sensaciones acústicas. En estas condiciones se basan los fenómenos de timbre, de las oscilaciones y de los tonos combinatorios antes mencionados, así como las sensaciones de consonancia y disonancia, sobre las cuales está basado el sistema armónico tonal. Una de las cualidades más inexplicables es la del “oído absoluto”, es decir, la aptitud de reconocer exactamente y en el acto cada sonido según su altura. Esta cualidad es innata, y no se puede aprender y, lo que es sumamente curioso, no tiene relación ninguna con el talento musical. Hay muchos individuos que poseen un “oído absoluto” y no tienen oído musical, mientras que muchos músicos con gran oído musical no tienen “oído absoluto” (Fisiología y psicología del sonido, Enciclopedia de la Música, de Hamel & Hürliman).
Arcaísmos e innovaciones
“Todo es hermoso y constante
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz, es carbón”
(José Martí, «Versos sencillos», 1891)
Los fenómenos de la naturaleza, a los que los antiguos suponían animados, afectaban fuertemente a los seres humanos en su cotidiana perentoriedad. Si se lo consideraba dueño de un espíritu particular, benigno o maligno, un animal o un río podían ser objeto de culto, cuasi dioses terrenos. De ahí los “ritos mágicos” acompañados de ofrendas sacrificiales, para obtener el favor de “dioses” más vinculados con lo meramente fáctico y material que con lo espiritual e intangible. En la modernidad, al tiempo que ante cierta comprensión científica del universo los fenómenos de la naturaleza se tornaron impersonales para el hombre evolucionado, los ritos arcaicos han recibido la luz del análisis sociológico.
Siendo lo telúrico de perdurable trascendencia (*), vemos que nada es inmutable en éste tránsito mundano y que las lógicas fases evolutivas modifican las convenciones establecidas y la actitud de los pueblos frente a ellas (un proverbio árabe señala que “Los hijos son más hijos de su tiempo que de sus padres”, en atención a la variación del contexto y la novación de la circunstancia). Tal vez son aquellos cuyas raíces se remontan al amanecer del mestizaje amerindio quienes estarían en condiciones de innovar sin mella de lo pretérito: ¿es posible una revolución cultural a partir de una temática injerente y luminosa que no desvirtúe los orígenes? (**) [“Creo en la revolución y estoy aguardando que se produzca. En la revolución (que aguardo) no habrá líderes políticos, ni habrá propaganda ni banderas. Cuando me dicen que se ha producido una nueva revolución, yo siempre pregunto: ¿Y tiene una bandera esa revolución? Y cuando me dicen que sí la tiene, sé que esa no es mi revolución”, Jorge Luis Borges]
Innovadoramente, Santiago es Musical...
(*) ¿Hasta cuándo prevalecerán lo esencialmente folklórico y sus proyecciones más o menos identificatorias? Santiago está invadido por numerosos conjuntos “chamameceros” -música litoraleña polinizada en los algodonales- entre los que sobresale el payé de Ramón Villarreal. A la vez se propaga la infestación de conjuntos seudo “tropicales” y “guaracheros”, de amuchada adhesión popular y éxito comercial (“Koli” Arce está en tercer lugar en venta de discos en hispanoamérica, pero nadie todavía ha podido igualar en ventas a Antonio Tormo y su “Rancho e´la cambicha”). Homero Manzi, un genio artístico importado con conciencia nacional, en su tiempo logró que la música argentina y la extranjera compartieran difusión (50% c/u): ¿pronto habrá que disponer lo mismo en Santiago con el folklore versus el resto de los géneros nacionales y extranjeros?
(**) Innovación temática que sobrelleve las vibrantes conexiones eléctricas, la incorporación de instrumentos exóticos o extrafolklóricos, los conjuntos folklóricos derivados en verdaderas bandas musicales y la levedad de los «aires de chacarera»; «injerente» en el sentido de introducir planteos sociales del presente; «luminosa» para alumbrar las republicanas distancias entre las gracias y los derechos, la obsecuencia y los deberes, el dedo y el concurso, el degradante asistencialismo proselitista y la dignificante Justicia Social.
De la tonalidad a la atonalidad
Es la música actual la que ha desarrollado nuevas ideas sobre la teoría, sobre armonía, contrapunto y formas musicales, sobre la acústica y sobre conceptos que parecían tan inconmovibles como la «cadencia» y la «consonancia». Aunque los máximos teóricos de la actualidad se hallan enfrascados en polémicas sobre conceptos estéticos y de principio, todos ellos concuerdan significativamente en que la elaboración de nuevas teorías y el inevitable curso, la evolución del material constructivo y sonoro, exige la abolición de los conceptos teóricos, prácticos e ideológicos transmitidos por los maestros anteriores, conceptos éstos que nunca fueron promulgados por un compositor, sino que, de forma académica y siempre por escritores teóricos, se extrajeron de las obras que los máximos compositores de diversas épocas iban escribiendo, sin preocuparse demasiado en seguir unas leyes estereotipadas por lo que bien se puede decir que la historia de la armonía y de la teoría, en general, es la historia de la codificación de los hallazgos de compositores que siempre escribieron anteriormente a la tal codificación ( Enciclopedia de la Música, de Hamel & Hürliman).
Con ton y son
En los principios inspiradores de una musicalizada revolución cultural, como cristalina fuente de inspiración no deberían faltar estos altruistas versos melódicos, autoría de la genial cantautora Eladia Blasquez
Honrar la vida
No, permanecer y transcurrir,
no es perdurar, no es existir...
ni honrar la vida...
Hay tantas maneras de no ser,
tanta conciencia sin saber, adormecida...
Merecer la vida no es callar y consentir
tantas injusticias repetidas...
Es una virtud, es dignidad
y es la actitud de identidad...
mas definida...
Eso de durar y transcurrir,
no nos da derecho a presumir,
porque no es lo mismo que vivir...
¡honrar la vida...!
Este pueblo escaldado por antiguos y modernos encomenderos, mayoritariamente privado de la propiedad de la tierra y del aprovechamiento sustentable del bosque, con restringido acceso al empleo normado (*) y sediento de agua potable para al desarrollo humano y productivo (**) , que ha sido desposeído a fuerza de irrestrictos acopios corporativos, particulares y privados, ¿no merece la oportunidad de honrar la vida en su patria chica?
Si el nudo gordiano de iniquidades fuese deshecho con decisión cívica y política (¿primero el huevo o la gallina?: el huevo, nos acaba de revelar la ciencia), con lo que aún se conserva en Santiago de patrimonio natural, sustentablemente explotado e industrializado (valor agregado), los casi 800.000 habitantes de hoy (y diez veces más) podrían transcurrir sin zozobras y con expectativas ciertas de realización personal y comunitaria: “Pago donde nací / es la mejor querencia...” («Nostalgias Santiagueñas»), “Se puede, se puede...”, (Teresa Parodi).
(*) “Trabajo, quiero trabajo, / porque esto no puede ser / Yo quiero ver a mi tierra / convertida en un vergel” (A. Yupanqui)
(**) ”Acá los patrones nos forrean hermano, por eso hay que irse a Buenos Aires si querés ganar un peso” (anónimo remisero).
Reductos folklóricos
Para los neófitos tal vez sea preciso consignar que el primer difusor organizado del folklore fue don Andrés Chazarreta; la cosa tenía lugar donde él presentara -a partir de 1911- el espectáculo «Pasatiempo del Aguila», con su Compañía de Arte Nativo integrada por músicos y bailarines populares. Después vendría lo demás...
Un primer reducto se fijó en la sachera “Esquina al Campo” (Jujuy y la Plata), que se extinguiría cuando ya nacía el céntrico Bar Casino. Para obviar comentarios de segunda mano, al respecto conviene remitirse a la memoria que su legendario propietario, don Pedro Evaristo Díaz, en vida le hiciera llegar al sociólogo y escritor Jorge Rosemberg. También aparecerían El Rancho Grande (Libertad y Plata), El Rancho Chico (Belgrano y Libertad), más luego La Peña de Tinti (Avellaneda, entre Independencia y Buenos Aires), las peñas del Club Comercio y en La Banda la peña “La chacarera”, de Carlos Carabajal, desactivada por un voraz incendio, serían centros convocantes de primer orden. Un ámbito musical puramente hospitalario supo brindarlo la casa de la “tía” María Luisa de Coronel, “madre folklórica” de intérpretes santiagueños y de todo el Norte. En su residencia del barrio Jorge Newbery encontraron hospedaje y amistad Zamba Quipildor, Los Altamirano y Raúl Barboza -entre tantos foráneos- y la mayoría de los créditos “locales”: Carlos Saavedra (que bailaba con Adela especialmente para la Tía), Juan Saavedra y Carlos Carabajal, Cuti, Roberto, Musha, Jacinto, Peteco y tuti cuanti...
Lo que se podría denominar “interacción consistente”, parada intimista auspiciante de una sustantiva comunión entre intérprete y convocados, hoy en día se da en acotados reductos como el legendario bar de Los Cabezones (calle Independencia), El Pasillo (calle Buenos Aires), el Patio de Froilán (Boca del Tigre), el caserón del extinto Carlos Saavedra (Tarapaya), algunas felices reuniones del Alero Quichua y de la Casa del Folklorista (“propiedad” de Meneco Taboada y Sra.) y del Centro Recreativo (La Banda), desperdigadas cofradías de “resistencia tradicionalista“ y modestos o residenciales (*) “vináculos” de capital y del interior, etc. El festejo onomástico de la «Madre Chacarera», que organiza la familia Carabajal en su barrio natal de Los Lagos (La Banda), es otra cosa... que merece figurar dentro de un tour folklórico. La capitalina Ceremonia del Arbol (**) y el Encuentro de Quichuistas y Vidaleros en Fernández, también son de factura anual.
En cuanto a los “grandes festivales”, cuya amuchada concurrencia y éxito de taquilla están asegurados en la geografía santiagueña, con su apretujado desfile de presentaciones, compromisos comerciales, publicitarios y hasta político/partidarios -más cervecera concurrencia- no prestan una ambientación acorde a la sintonización de una compatible longitud de onda entre el cultor opinante y los espectadores de oído alerta e inquieto parecer.
(*) Residencia de los “Carlitos” que, de traje o chaqueta profesional entresemana, los fines de se visten de criollitos con bombachas y alpargatas (de suela de goma) y reciben en sus bien puestas quintas de los suburbios capitalinos, con humeantes parrillas bien provistas, amén de regadas, a contertulios flokloristas que les tocan, les cantan, les bailan y les hacen aro-aro... de puro animosos nomás. Los “Carlitos”, criadores a distancia de gallos de riña y parejeros, acostumbrados a canjear adhesiones políticas por posicionamientos, directamente o por interpósita persona (entramados subterráneos de la añeja sociedad santiagueña) por lo general están con el que está, conservando un lugarcito a su benefactora sombra (en Santiago sería irónico decir “donde calienta el sol”). Más allá de la folklórica confraternización, a los comedidos anfitriones nunca les importó demasiado el destino de los otros santiagueños desclasados, transitorios objetos de una camaradería no vinculante...
(**) A partir de 1998, el día domingo anterior al aniversario de Santiago (25 de julio) tiene lugar la cordial Ceremonia del Arbol, sostén de una polinizadora “entomofauna folklórica”. A Julio Rodríguez Ledesma lo secundan un fraterno grupo tradicionalista de improbable reposición generacional: el Pibe Gerez (terrosa voz de implagiable santiagueñidad), Enrique y Andrés Castañares, Toti Gerez, los hermanos Gimenez (del 8 de abril), Juan Carlos Soria Paz, Belindo Farías, Alberto de Miranda,Carlos Rodríguez, Bico Ayunta, etc. La reunión tiene lugar en la que fuera morada de don Arsenio Salazar (calle La Plata 717) y hoy conservan -y ceden al efecto- sus herederos. Salazar fue un literato de nota y editor de la revista «Cachi Pampa», a más de socialista de accionar solidario. Antaño supo cobijar bajo el añoso algarrobo a artistas locales de la talla de los hermanos Díaz, Baltazar Gallardo y su arpa, Peco Rodríguez con su mandolín y el bombo del doctor Bilau. Entre los foráneos de fuste están censados Atahualpa Yupanqui, Juan Carlos Dávalos, Santiago Ayala, Eduardo Falú, etc.. En tan cordial marco de santiagueñidad año a año sucede una intensa lluvia de hojas del más que centenario árbol, tal vez provocada por la alegría del Tacko Yúraj al ver tan concurrido el patio, tal vez por la efusiva vibración de tanta cuerda vocal e instrumental. Mientras la celebración tiene lugar en la animada ciudad, desde el interior migran silenciosos y sin solución de continuidad miles de rodrigones ; tronchados tallos de jóvenes algarrobos que nunca brindarán sus variadas mieses a los paisanos, ni llegarán a ser centenarios y alabados. Y eso que, además de la cuna de la chacarera (del monte) estamos en la cuna de los ingenieros forestales...
Santiago, ¿es “sólo musical”?
Interrogantes varios: ¿es mayoritaria la convicción popular en cuanto a no ser súbditos de algún caudillo o jeque, ni vasallos de alguna primera dama, ni hijos o entenados de alguna autocracia, ni obnuvilados acólitos de la imaginería supersticiosa?; ¿está alcanzando el pueblo santiagueño la madurez suficiente para asumir plenamente derechos y obligaciones?; ¿sabrá el santiagueño basal conquistar su demorada reivindicación con gimnasia democrática y afirmación republicana? Si fuese así encajarían los versos de aquella temeraria oda setentista de aquel Piero: “Para el pueblo lo que es del pueblo / porque el pueblo se lo ganó / para el pueblo lo que es del pueblo / para el pueblo liberación”.
Prevalece un contingente humano (*) simple y a la vez experto en el goce de alcanzables placeres mundanos [“Mirada del hombre simple / temeroso y tan sufrido / que habla con ruda nostalgia / de las cosas que ha perdido”, versos de «Canto a Monte Quemado», bellísimo poema de Elsa Corvalán con singular musicalización en tiempo de chamamé (¿?) de Onofre Paz].
Pueblo capaz de absorber filosóficamente adversidades sentimentales y materiales: “Mi prenda se me lo ha ido / pal lao de Chilca Juliana / se ha llevao caballo e´sulky, el bombo y la damajuana”, («La olvidada», de A. Yupanqui y los Hnos. Díaz). Ese pueblo condescendiente al extremo de parecer desaprensivo, merece una camada de exponentes que desde su producto cultural por excelencia (¿hace falta consignar que es su folklore?), tal vez único factor social cohesionante en vigencia (**), lo motive a bajar su nivel de tolerancia y complacencia. Tocando, cantando, bailando, marchando, rezando...y con el mazo dando a cada cual lo suyo sin hacer diferencias de pelo ni marca, hasta acabar con los nidos de corrupción y su piante cría de polluelos.
Expuesto en eutópica noción regeneradora, adscribo al arpegio desafiante: “Porque al copetudo de riñón cubierto / pa´quién no usa leyes ningún comesario / lo trato lo mesmo que al que solo tiene / chiripá de bolsa pa taparse el rabo / Por eso en el pago me tienen idea...” («El Orejano», valsesito del uruguayo Serafín García, maravillosamente interpretado por Los Olimareños y por Jorge Cafrune, por nombrar un conjunto y un solista ).
(*) “Agrandadas” ciudades como Santiago y La Banda (y otras del interior, en menor medida) al presente se encuentran atravesadas por bandadas de atrevidos y vulgares muchachones (y muchachas) criados y fernetizados al rescoldo de una existencia regalada, o a la intemperie de la pauperización social y la marginalidad urbana, o al envilecido amparo del clientelismo político.
(**) Perentoriamente se han sumado hechos de extrema gravedad social como los crímenes de la Dársena y otros tan crueles e impunes de ayer y antes de ayer, aunque menos publicitados.
Trovadores, troveros y minnesänger
Como segundo producto, como tipo internacional, de música del canto eclesiástico, procede otra práctica de caracteres más esencialmente nacionales: la de los trovadores, de los troveros y de los minnesänger. Aunque procedentes de las esferas nacionales, la caballería medieval está ligada estrechamente en sus principios con la historia de la Iglesia, las Cruzadas le dieron un amplio radio de acción y la cultura eclesiástica le facilitó los moldes de su propia vida espiritual. Como el culto a María constituye el modelo de amor cortesano, así la trova nace, en el terreno artístico, del canto eclesiástico. Pero su viraje hacia lo profano significa también un viraje hacia las esencias nacionales. Como el cantante caballeresco proviene de la sustancia del pueblo, así se halla unido también con el juglar vagabundo, quien, entretanto, administraba el patrimonio profano del pueblo. El jaculator se convierte en jongleur, en minstrel, en juglar, a quien el trovador elige como compañero y postillón de amor, y le hace cantar sus canciones en la Corte, en homenaje de una señora noble, y por doquiera en el ámbito del país. De la bella relación de compañerismo que existió entre el trovador y el juglar, de cuenta el relato romántico de Ricardo Corazón de León y su sirviente Blondel de Nesle, el cual le da noticias de la patria, cantando a través de las rejas de la mazmorra donde aquél estaba recluido. Y por su parte, el trovador Raimon de Mirval ayudó a su juglar Bayon a salir de un apuro, al cantarle una nueva canción. Asi el juglar, el músico profesional, llega a ser, en lo sucesivo, mediador entre el arte y el pueblo (Enciclopedia de la Música, de Hamel & Hürliman).
Esperando al cantor...
La sensibilidad de los artistas siempre es superior a la media; no pocos son individuos de mente amplia, pensamientos profundos e inquietudes fraternas. Algunos me honran con su amistad. Como Santiago aún reproduce folkloristas de noble madera y textura original con feracidad de tierra virgen, hay quienes esperamos -aunque ya es bastante aguaitar (*)- que la vanguardia de la gaya ciencia se afiance en una vivificante trova. En este dilatado contexto alfarero (“En Santiago el tiempo es un kakuy sangrando esperas”, sublima Alfonso Nassif), dan el molde los versos que en su hora musicalizó Silvio Rodríguez; haciéndose cargo del rol social del intérprete popular ante su pueblo postergado.
(*)“Hasta cuando seguiremos esperando / que amanezca de una vez el Nuevo Día / ya está bien de proclamar que está llegando / cuando queda tanta noche todavía”, «Hasta Cuando», Alberto Cortez).
Pobre del cantor
Pobre del cantor
de nuestros días,
que no arriesgue su cuerda
por no arriesgar su vida.
Pobre del cantor
que nunca sepa,
que fuimos la semilla
y hoy somos esta vida.
Pobre del cantor
que un día la historia,
lo borre de la gloria
de haber tocado espinas.
Pobre del cantor
que fue marcado,
para sufrir un poco
y hoy está derrotado.
Pobre del cantor
que no halle el modo,
de tener bien seguro
su proceder con todos.
Pobre del cantor
que a sus informes,
le borren hasta el nombre
con copias asesinas.
Pobre del cantor
que no se alce,
y siga hacia adelante
con más canto y más vida.
Pobre del cantor
que no se imponga,
con su canción de gloria
con embarres y lodo.
Arreglo en clave de NOA
“Folklore es Provincia”, condensó Feijóo, infiriendo que “a mayor apertura sociocultural... menos folklore”, o mayor riesgo de penetración exógena: ¿folklorismo es rechazo? (*). La globalización ya está aquí, con sus virtudes y defectos...
El destemplado escenario noroesteño, fundo indígena de la Patria Criolla pletórico de analogías y asimetrías, amerita una rectificación estructural que promueva el ascenso general de sus habitantes sobre la base de un desarrollo integral sustentable, en armonía con la Naturaleza. Para ello, un Santiago entonado deberá participar sin prejuiciosos reparos de un proyecto regional, a riesgo de ser “menos folklórico” sin dejar de ser “muy musical”. Se impone poner el acento en la situación del campesino desasistido, el negreado obrero rural y los cuentapropistas fuera del sistema, que asumen verdaderas actividades de riesgo.
Santiago tiene conque: valiosos recursos naturales y humanos que debe empezar a preservar y retener (y atraer, para que vuelvan...), única garantía de que inescrupulosos tuertos no sigan reinando en un país de “inocentes” ciegos. Esto será posible si la sociedad esclarecida rechaza la dormidera cívica de la “convivencia en orden y paz con sueldos al día” (la “paz” y el “orden” que les conviene a quienes pretenden seguir lucrando con cargos y bienes públicos sin que nadie les escupa el asado) y se dispone a un enérgico debate en pro de un cambio genuino. Para alcanzar un apreciable grado de participación ciudadana en lo cotidiano y lo trascendente (una republicana calidad institucional), ¿cuánto compromiso podemos exigirle a compositores e interpretes folklóricos, si en general referentes sociales e intelectuales no se atreven, por “razones domésticas” (léase, familiares incursos), a pronunciarse en juicios de valor de gravitación contemporánea? ¿Mañana seremos los apologistas de lo que debe decirse y hacerse HOY?
Así como no habrá futuro superador sin validamiento de la Identidad en condigna mancomunión, no habrá arte transformador sin compromiso ético: “La libertad (**) y la belleza son las metas de toda auténtica civilización”, (Ricardo Rojas). Con licencia del inspirado e inspirador autor de El País de la Selva, agregaría “y la Justicia”, porque sin Justicia somos miserables.
Felizmente, Santiago es Musical.
(*) “Nadie va a escucharme jamás hablar de folklore. Es que los vínculos entre el concepto erudito del folklore y la discriminación cultural son más que estrechos” (Gilberto Gil, artista y ministro de Cultura de Lula, en Brasil)
(**) Yupanqui, que anduvo años buscando una nota que expresara el silencio (y reconoció no haberla podido encontrar), consideraba al termino libertad (del que deriva “libro”) conceptualmente sagrado (sagrado como una noble madre, como la oportunidad de la vida, no en sentido religioso). En tanto León Benarós, letra, y Adolfo Abalos, música, compusieron la «Chacarera de la libertad» :“No queremos que nos manden / la reina ni el rey / somos libres y tenemos / la patria por ley” / “Chacarera, chacarera de la libertad / ya se van los maturrangos / que gusto me da...!”
“Y aquí me despido yo
que ansí referí a mi modo,
males que conocen todos
pero que naides cantó”
(José Hernández, “El Gaucho Martín Fierro”, verso final de la Primera Parte )
Guillermo José Tagliotti
Julio de 2004
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